Las (tiernas) criaturas de Patricia Piccinini

Era una tarde de domingo. Uno de esos domingos tediosos, aburridos y plagados de obligaciones impuestas o (auto)impuestas. En un supuesto break, decidí ordenar la estantería del salón -que ya va bien para despejar y ocupar la mente- y, PAM! Allí estaba. Allí me encontré con mi querido y preciado libro de Patricia Piccinini. Me lo llevé al estudio. Lo abrí y lo ojeé, deteniéndome con cariño y horror en cada una de las ilustraciones. Fue entonces cuando pensé que era una buena idea compartir en este espacio la obra de esta artista.

Una parte muy importante del trabajo de Patricia Piccinini (Freetown, Sierra Leona, 1965) se centra en pensar cómo la biotecnología repercute en la sociedad, en aspectos relacionados con la ecología o en el complejo y controvertido discurso enunciado desde/en la bioética. Para pensar estas y otras cuestiones, Piccinini propone un universo alternativo en el que reflexiona sobre algunas de las consecuencias que derivan del avance de la ciencia y la tecnología. Un universo que, en plena negociación sobre los supuestos límites que  separan lo natural de lo artificial, se convierte en un “mundo naturalmente artificial” en el que entran en juego nuevas formas de cariño y de empatía que, en ocasiones, despiertan en nosotros sentimientos contradictorios de fascinación/desprecio o atracción/repulsión (Fernández, 2007).


La artista dice acercarse a la ciencia desde una posición profana, intuitiva y emocional y reconoce que, aunque presta especial atención a los avances que experimenta, está más interesada en problematizar los efectos que estos 'avances' provocan sobre la gente. Para dar forma a esta problemarización, y tomando como ejemplo algunas piezas de la serie Nature´s Little Helpers, la australiana se mueve entre dibujos y esculturas extraordinariamente realistas que bien podrían conformar uno de los bestiarios contemporáneos posibles. Un bestiario protagonizado por supuestos especímenes de laboratorio -cuya apariencia es más mitológica que científica- que asientan las bases desde donde, en mi opinión, emerge su principal potencia: el lugar en el que lo siniestro se corporeiza. 


Lo siniestro, siguiendo a Freud, se da cuando lo que considerábamos fantástico aparece ante nosotros como real. Cuando lo que entendíamos como íntimo, secreto u hogareño pasa a ser inquietante y terrorífico desde la alteración de alguna de sus partes. Y es entonces cuando el espectador, horrorizado, titubea para enfrentarse a estas tiernas pero monstruosas criaturas y retrocede, asqueado, “ante una imagen que le resulta demasiado familiar y, a la vez, terriblemente reveladora” (Raquejo, 2002: 84). Y  quizá retrocede asqueado porque se reconoce en esa imagen que le espanta. Porque ve en ella un cuerpo y una cara que podría ser la suya propia -a diferencia de lo que les ocurre a los personajes que interactúan con estas criaturas, que se presentan tranquilos, amables y relajados-. Una ternura que sitúa al espectador en un lugar tremendamente incómodo en cuanto que asiste a la emergencia de nuevas formas de relaciones que, desde un discurso hegemónico tradicional, pensaba que sólo eran posibles en un contexto de ciencia ficción.




Para saber más sobre esta artista, recomiendo que visitéis su página web (http://www.patriciapiccinini.net/) y que os acerquéis a algunos de los textos en torno a su trabajo. Hay muchos. Entre ellos, me gustaría destacar el que Donna J. Haraway incluyó en el catálogo que se editó con motivo a la muestra que pudo verse en el ARTIUM de Vitoria entre el 2007 y el 2008 y que se llama “Fabulaciones especulativas para las generaciones de la tecnocultura: Cómo cuidar de un territorio inesperado”.

Besos y abrazos,

x -p.







 
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